Juan Francisco Manzano: el esclavo y la palabra

Ponencia de Alex Castro, a 17 de febrero de 2016, como parte del seminário internacional 130 aniversário de la abolición de la esclavitud en Cuba, en Casa de las Américas.

seminario internacional 130 aniversario de la abolición de la esclavitud en cuba

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Introducción

Alrededor de 1835, patrocinado por una tertulia de literatos, el poeta afrocubano Juan Francisco Manzano escribió una autobiografía de sus experiencias en cautiverio. El manuscrito, después de minuciosas revisiones y modificaciones hechas por varios miembros de dicho grupo, fue traducido al inglés y publicado en Londres, como parte de los esfuerzos abolicionistas para poner un fin a la esclavitud en América.

Para Manzano, aún esclavo, la redacción de su autobiografía fue un trabajo temerario, lleno de dificultades de orden práctica y política. ¿Cuánto decir, cuánto omitir? ¿Hasta dónde aquellos hombres blancos, ricos, en apariencia tolerantes, eran capaces de oír y aceptar? Su autobiografía es un texto lleno de huecos protuberantes, elipsis conspicuas, entrelíneas prolijas. Se necesita una lectura atenta para descifrar sus silencios.

Luego, de un lado, los objetivos antiesclavistas del grupo exigían un documento que demostrara los horrores de la esclavitud; del otro, al hacerlo, los villanos del relato serían necesariamente los propios miembros del grupo, pues todos poseían esclavos o eran de alguna manera dependientes de la economía esclavista. ¿Como denunciar la esclavitud sin ofender a los esclavistas?

Aparentemente, el poeta logró navegar por entre las rocas con rara destreza: esa misma tertulia promovió una colecta y le compraron su libertad.

La voz de Manzano

Manzano aprendió a leer y a escribir por su cuenta, en un ambiente donde se castigaba a los esclavizados si eran sorprendidos en esa actividad. Naturalmente, su conocimiento de la norma ortográfica era débil.

Muchos literatos de aquella época, y otros contemporáneos, no resistieron la tentación de reparar su prosa, mejorar su estilo, reescribir su texto, sin darse cuenta de que trataban las palabras de Manzano con tiranía similar a la que sintió él en carne propia. Escribió un historiador literario:

“Basta […] con pasar en limpio ese texto, liberándolo de impurezas, para que resalte en toda su sencillez la forma clara y emotiva en que Manzano cuenta sus desdichas”.

Pero esa idea de que bajo las frases desarticuladas, los párrafos jadeantes, la sintaxis distorsionada y la ortografía idiosincrásica de Manzano, está aprisionada una narrativa cristalina; esa noción de que el texto impuro necesita de un editor para hacerlo legible; la propia negación de que el documento original sea legible en sus propios términos, son tajos de azotes siempre renovados a lo largo de los siglos. Es como si jamás hubieran cesado sus torturas.

La autobiografía de Manzano es mayor que su contenido. Su forma de escribir es el mejor autorretrato que nos queda de su persona, su mayor contribución a la literatura. Sus errores ortográficos, gramaticales y sintácticos nos inspiran respeto: no son errores y sí marcas concretas y verdaderamente reales de la esclavitud, iguales a los tajos de azote en su carne. Corregirlos significa borrar su historia, silenciar su sufrimiento, enturbiar su vida.

Corregir a Manzano equivale a ubicarlo en la posición del “otro”, que no consigue expresarse por sí mismo, y a la vez situarnos en la confortable posición de lectores normativos y normalizados para quienes las palabras del “otro” se deben adaptar para que puedan consumirse con mayor comodidad.

Los hechos concretos de la esclavitud están disponibles en cualquier libro de historia. Sabemos que los esclavos eran apartados de sus familias, que eran explotados y torturados, y que morían jóvenes. Y esto ocurrió con millones de personas, tan únicas e inteligentes, capaces y sensibles como nosotros mismos. Sin embargo, saber no es suficiente.

La dádiva que Manzano nos ofrece —en este texto cuya existencia y supervivencia son dos pequeños milagros— es la oportunidad singular de dejarse llevar por su voz, aprender su ritmo y entrar en su vida.

Domingo del Monte y el fracaso de la literatura antiesclavista cubana

Dom Domingo del Monte, considerado por José Martí “el más real y útil de los cubanos de su tiempo,” poco escribió, pero en sus tertulias literarias fue gestada, discutida, leída, comentada, editada y corregida la naciente literatura nacional cubana, incluso la autobiografía de Manzano y muchas otras narrativas antiesclavistas similares.

Mismo siendo miembro de uno de los más poderosos grupos esclavistas del mundo, con más de cuarenta ingenios de azúcar y quince mil esclavizados en Cuba, del Monte se empeñó en la delicada tarea de contestar la esclavitud sin requerir su abolición, en una especie de delicado e inestable “antiesclavismo esclavista”.

Parte de la sacarocracia cubana, o sea su élite productora de azúcar, reformista y no abolicionista, al darse cuenta de que el sistema de trabajo esclavo era incompatible con la escala industrial-capitalista de producción en los ingenios de azúcar, quería librarse de la esclavitud y del tráfico de negros, pero sin libertar a las personas esclavizadas.

Los literatos del grupo delmontino creían que la esclavitud corrompía la sociedad e impedía el progreso de Cuba, pero al mismo tiempo no podían apoyar una abolición —o peor, una rebelión— que perjudicase los intereses económicos de sus familias y de su clase social, que transformase a las personas esclavizadas en ciudadanas. Ellos deseaban llenar la literatura con los sufrimientos de los esclavizados, les gustaría que el tráfico terminase, preferían que el látigo del mayoral no flagelase las carnes negras; pero nunca consideraron abdicar a las riquezas producidas por las personas esclavizadas, nunca propusieron hacerlas ciudadanas con el mismo nivel de igualdad, nunca tuvieron la capacidad de verlas como humanas. Como decía Del Monte, la esclavitud es el “chancro que nos corroe”: el problema no era que las personas negras eran explotadas y esclavizadas, y sí el efecto negativo que tendría eso para “los blancos”.

Los intelectuales de la sacarocracia eran, a un tiempo, propietarios de los medios de producción de la colonia y también los colonos sin derecho a su propia voz: oprimen y son oprimidos. Al escribir sobre la opresión que sufrían los esclavizados —de hecho, casi siempre cometida por ellos mismos—, en realidad hablaban de la opresión que sufrían a manos de la metrópoli. Decía del Monte: “Pagamos por el delito de tener esclavos con el castigo de ser esclavos de España”. Su literatura antiesclavista no se acercó a los esclavos porque no los necesitaba: no eran gente, eran metáfora.

En 1844, la represión a la pretensa Conspiración de la Escalera – que pudo o no haber sido real – dio al gobierno metropolitano español la justificativa ideal para reaccionar con violencia al protonacionalismo cubano representado por del Monte.

Cuidadoso, él se autoexiló en Europa, de donde escribió una carta abierta a un periódico francés despojándose de varias máscaras: garantía no estar envuelto en esa conspiración supuestamente liderada por personas negras, y admitía desear el fin del comercio de esclavizados pero para limpiar Cuba de la presencia de la infeliz y subdesarrollada raza africana, que amenazaba la existencia social y política de la colonia, y la impedía de llegar a ser el más brillante símbolo de la civilización caucasiana en el mundo hispano. Y agregó que necesitaría ser “loco delirante” para apoyar “un amalgama social” de razas (¡esa monstruosidad!) nada más que para lograr la independencia. Palabras de “el más real y útil de los cubanos de su tiempo”!

Cuando llegó el momento crucial en que el abolicionismo inglés incitaba a la masa esclavizada, y el chasquido de un nuevo motín parecía cada vez más cercano y posible, los compradores de libertades literarias se asustaron y prefirieron el yugo de la metrópoli española a los riesgos de la libertad.

El pueblo cubano pagó un alto precio por esa decisión: la mayoría de las colonias españolas llegaron a su independencia en la década de 1810 y no se vertió tanta sangre como en Cuba. Desde 1868, cuando la élite cubana se decidió finalmente por la independencia, tuvo que hacer frente a los recursos concentrados de una España desesperada por no perder la que era prácticamente su última colonia. Incapaz de triunfar aun sobre esa potencia decadente, Cuba fue tomada sin esfuerzo por los Estados Unidos en 1898 y convertida en la primera neocolonia del nuevo imperialismo norteamericano del siglo XX.

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Testimonio versus autobiografía

El texto de Manzano existe en un variable equilibrio entre la autobiografía —género que destaca la singularidad de la experiencia individual— y el testimonio, en que la experiencia individual funciona como reflejo del estado colectivo. El abolicionista Richard R. Madden, al traducir y publicar la autobiografía en Inglaterra, prácticamente reescribió la narrativa, eliminando detalles individuales y transformándola en aquello que era, en su opinión, “el más perfecto retrato de la esclavitud en Cuba”. Manzano, por otro lado, parece conscientemente huir de eso: nunca se define como “uno de los negros”, o “uno de los esclavos”, por el contrario, hace lo que puede para alejarse de ellos. Aun más, al enfatizar en el poder de la poesía, Manzano continuamente singulariza su propia experiencia. Para sí mismo, él es un poeta y no un esclavo. No deja de ser una cruel ironía, por tanto, de que la mayoría de sus personas lectoras a través de los siglos buscaba primero al esclavo y no al individuo. En la ausencia de un norte abolicionista para promover el testimonio de las personas esclavizadas fugitivas del sur esclavista, como en los Estados Unidos del siglo XIX, la autobiografía de Manzano no tenía una tradición literaria latinoamericana donde integrarse, y solamente comenzó a ser examinada, releída, republicada y reestudiada a partir de la década de 1970, cuando el testimonio se convirtió un género literario viable.

Hoy, en los Estados Unidos, Europa e Hispanoamérica hay varias traducciones, adaptaciones, ediciones críticas, artículos y tesis acerca de Manzano y su autobiografía.

Desafortunadamente, es en los dos mayores centros esclavistas de América que su autobiografía es menos leída. En Brasil, la primera edición fue publicada solamente en 2015, traducida y organizada por mí. Aquí en Cuba, su tierra natal, el texto apareció por primera vez en 1937 —un siglo después de haber sido escrito— y fue reeditado en 1972, con pocas reimpresiones desde entonces. En 2015, Ediciones Matanzas publicó una nueva edición cubana, con los mismos prefacio y notas de la edición brasileña.

Autobiografía  Manzano, cubierta

Manzano, símbolo de las contradicciones de la subalternidad

En La Tempestad, de Shakespeare, el blanco europeo Próspero roba las tierras y la libertad del nativo Calibán, al mismo tiempo que le concede un don problemático y complejo: la palabra. Dice Calibán: “Me enseñaste el lenguaje, y de ello obtengo / El saber maldecir. ¡La roja plaga / Caiga en ti, por habérmelo enseñado!”. Manzano también recibió un idioma que no era el suyo, para que pudiese servir mejor a las personas propietarias. Y como el subalterno no es necesariamente pasivo, Calibán y Manzano contraatacan, cada uno a su manera. Calibán reafirma su naturaleza animalesca y sus bajos instintos —otro nombre para “instintos no europeos”— e intenta violar a la hija de Próspero. Manzano, siempre manteniéndose cuidadosamente en la esfera cultural blanca, consiguió perpetrar una violación mayor: con su memoria, su talento y sus palabras, logra —literalmente— robar, bajo gran riesgo personal, la palabra escrita para sí; la toma, la doma y la utiliza para obtener su libertad. El acto de Manzano fue aun más revolucionario que el de Calibán: en vez de actuar como una fiera y confirmar los prejuicios de blancos, Manzano los derrotó en su propio juego, siguiendo sus propias reglas. El gran dilema es que la hazaña de Manzano se efectuó dentro de los límites de la prisión que le ofreció su Próspero —Del Monte—: la cultura blanca. Para salir victorioso en la sociedad blanca, Manzano debió convertirse parcialmente en blanco y alejarse de su propia condición negra y subalterna. No más Calibán, y tampoco jamás Próspero, autor consagrado pero aún negro en una sociedad esclavista, Manzano al mismo tiempo es y no es: símbolo vivo de las contradicciones de la subalternidad.

La ambición de las personas esclavizadas

En 1841, la condesa de Merlin, cubana de la alta élite que vivía en Europa y hacía apología de la esclavitud a distancia, escribió:

“Supongamos que por un milagro la educación moral de los esclavos emancipados, desenvolviéndose de repente, los trajese á amar el trabajo; si se volvieran laboriosos los negros, no tardarían en verse atormentados por el deseo de llegar á ser propietarios. … Bajo un réjimen político constitucional, en un país gobernado por leyes equitativas, ¿no reclamarían el participar de las mismas instituciones? ¿Les concederéis todos vuestros derechos, y todos vuestros privilejios? ¿Haréis de ellos vuestros jueces, vuestros jenerales y vuestros ministros? ¿Les daréis vuestras hijas en matrimonio? No es esto lo que queremos, esclamarán los amigos de los negros: que sean libres; pero que se limiten á trabajar la tierra, y á conducir la caña como bestias de carga. No consentirán: si hoy se emplean en este trabajo y se consideran felices en su estado imperfecto de hombres salvajes, el día en que luzca para ellos la luz de la intelijencia conocerán que son hombres como vosotros, y el campo de batalla quedará por el más fuerte. Reflexionad que no habrá cuartel entre dos razas incompatibles desde que se dé a la señal de combate”.

Vida y silencio de Manzano

Después de obtener su libertad, en 1836, Manzano trabajó de confitero, cocinero y sastre. Se casó, enviudó, se casó de nuevo, y tuvo varios hijos. Su último casamiento, a los treinta y ocho años y aún esclavizado, con una parda libre de apenas diecinueve años, causó oposición por parte de la familia de la novia, pero duró casi veinte años, hasta su muerte, y fue aparentemente feliz. En el mismo año en que se hizo un autor publicado en Inglaterra, ganó 250 pesos en la lotería, y se quedó sin trabajar por algún tiempo. Publicó una obra de teatro, Zafira, en 1842 y continuó escribiendo y publicando poemas por lo menos hasta el año siguiente. Durante la represión a la Conspiración de la Escalera, fue encarcelado por un año y tuvo la suerte de escapar con vida. Después de absuelvo, pasó sus últimos años en silencio y no publicó más: dejó de ser útil a la sacarocracia y ella a él. Murió en 1853, a los cincuenta y seis años de edad.

La represión no mató al hombre pero silenció al poeta: Manzano se dio cuenta de que la relevancia literaria era peligrosa y no escribió más — el otro poeta afrocubano conocido, Plácido, fue fusilado. Los delmontinos quizá llegasen a desear la abolición del tráfico o de la esclavitud, pero su inherente concepción del mundo y de sí mismos no les permitía que existiera un intelectual negro. Con excepción del corto período histórico concedido a Manzano — durante la unión temporal del abolicionismo militante británico con el capitalismo independentista de la sacarocracia, que luego renunció a sus intenciones autónomas y escogió permanecer colonia española hasta el último momento posible —, jamás hubo espacio para que Manzano hablara, escribiera o, de hecho, existiera, sea como artista o como intelectual.

Hubo una segunda parte de la autobiografía, pero el miembro de la tertulia delmontina encargado de copiarla e corregirla, Ramon de Palma, la extravió y Manzano decidió no reescribirla.

Una nota anónima, en la portada del manuscrito autógrafo de la autobiografía, afirma que después de libre Manzano “perdió sus dotes de poeta”.

Pero, por el contrario, fue un silencio digno, adulto, estratégico. Un silencio aun más escalofriante que cualquier nuevo horror que él nos podría haber contado en la segunda parte, que probablemente sólo hubiera traído aún más horrores a la ya extensa lista. En verdad, su silencio, intencional y construido, es de hecho la segunda parte de la autobiografía.

Alex Castro
Calle L, entre Calzada y 7, El Vedado
La Habana, 14 de febrero de 2016.

Para saber más sobre Juan Francisco Manzano.

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